4 ago 2016

The Guard From Underground

AÑO: 1992
DIRECTOR: Kiyoshi Kurosawa





















La peor pesadilla de un primer día de trabajo


Si bien es cierta la leyenda de que “El padrino del J-Horror” ha probado todos los campos, en este filme plasmó desde su conocido estilo, la moda del cine de terror americano de los noventas: el slasher. Desde “Viernes 13” hasta “Halloween” hay gran cantidad de ellos, teniendo el mismo arquetipo de guión: el psicokiller de turno va matando gente a diestro y siniestro hasta que el/la protagonista (y en algunas ocasiones con otro personaje más) se salva de la matanza "matando” al asesino.
Pues bien, con esto ya sabido de antemano y como siempre he dicho, pedirle originalidad a un slasher es difícil, no imposible, pero sí difícil. Películas como “Pesadilla en Elm Street (1984)” o la más actual “Tú eres el siguiente (2011)” incorporaron elementos originales como las pesadillas como entrada al terror, o plot-twists inesperados, respectivamente. Por desgracia, “Jigoku no Keibîn” no tiene nada, y cuando quiere destacar, no lo consigue.

Este director también tiene la capacidad de que en cada película dirige la acción en lugares algo… ¿comunes? ¿actuales? ¿de esos en los que no te esperas que se desarrolle una maldición? Creo que me vas pillando la idea. Ya en “Kandagawa Wars” (que no tiene nada de terror, pero que aprovecho para explicar el tema) la historia se desarrollaba en un vecindario, “The Excitement of the Do-Re-Mi-Fa Girl” se sitúa en una universidad, y “Kairo” en una ciudad. En esta ocasión nos traslada a un bloque de edificios comercial.
Pues claro que todos los directores ruedan en diversos espacios, pero el caso de Kurosawa es distinto, pues él combina tanto lugares, como una maldición (o suceso del ámbito Kaidan) y los aliña con ese estilo tan personal y amado por mí, esto es, una desolación y tristeza muy aséptica. Entonces, y volviendo a la película en cuestión, el director quiso llevar a cabo un slasher en un edificio de empresas y con un asesino más realista que un “hombre del saco con careta de hockey” o “un hombre quemado con aspecto de Lobezno vengativo”. Y no, no lo digo a modo despectivo, sino que si comparamos cuál de los tres es más probable que te aparezca en la vida real, este ex luchador de sumo ahora convertido en el segurata de tu trabajo, seguro que sí.

Pero como ya he citado al principio la fórmula no termina de cuajar. Para empezar la puesta en escena del plantel de gente que la va a palmar es algo ridículo, de hecho está forzado cada vez que el asesino tiene que cargarse a alguien, sencillamente, no funciona. Esto es lo peor y que hace que decaiga en muchas ocasiones, no cumple como slasher, sino que se limita a hacer lo que quiere cuando quiere; y no, tampoco es una deconstrucción ni una parodia al género. Por ende se vuelve muy tediosa, provocando la pérdida de interés por el espectador y convirtiendo lo que queda de metraje en una lucha a contracorriente por no quedarse dormido y coger el móvil.

Las muertes son otra cosa que también pecan, ni violencia explícita, ni gore ni escenas de tensión. La cinta se auto-censura las escenas de asesinato cuando no cambiando de plano repentinamente, o sino mostrándolo desde un ángulo oscuro y tenebroso. Persecuciones cero patatero, y ya ni hablemos de un posible clímax de terror psicológico BIEN EXTENDIDO a lo largo de la cinta (por que sí es verdad que hay un par que lo consiguen pero nada más).

La banda sonora es horriblemente mala cuando hace aparición, prefiriendo la estática VHS a cualquier música que tenga. Los personajes son muy planos y clichés (esto no es malo) pero cuando se les quiere dar a algunos de ellos profundidad o intentar ir más allá, se torna inverosímil.

Aun así no es tan nefasta la película. Aquí asistimos por primera vez al estilo personal que tan famoso es del director, tornando el lugar en un paraje sacado de Silent Hill, con pasillos y habitaciones donde la escenografía se luce fabulosamente. La iluminación se lleva la primera medalla, mostrándonos tomas vacías de sentimientos y reemplazadas con esa sensación de vacío y aislamiento que baña al edificio, y cuya máxima expresividad se verá en “Kairo (Pulse)”. Personalmente es una de las pocas cosas que me gustan de esta cuarta película del director, por lo demás no merece la pena.




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